Arte de la Magia

Arte de la Magia

Había una vez un pequeño duende que creció en una gran aldea. Una de las aldeas más pobladas y centrales que existían en el bosque.

Este mismo creció como la mayoría de quienes ahí habitaban.

Salía, jugaba, estudiaba, se metía en problemas; era un duendecito lindo y de buen corazón.

Desde sus inicios, este personaje, este duende, de alguna manera se sentía diferente y un poco distinto. Siempre teniendo que "actuar", mientras los demás parecían simplemente ser y saber ser.

Mientras observaba a sus semejantes, desde los más grandes hasta los más chicos, varias preguntas surgían:

—¿Cómo es que la gente puede simplemente ser? ¿Cómo es que ellos son tan fácil y tan naturalmente?

Él no sabía quién era ni cómo era, sino que solo se comportaba como lo hacía, y solo sabía que él era así porque así lo era, a propósito.

El pequeño duende se interesó por la magia, por el arte de Ser y por el poder de la magia misma. Seducido, la buscó y la practicó.

Andando sobre este camino, el primer tipo de magia que llamó su atención fue el arte de la Ilusión.

El movimiento y el desplazamiento. El ocultismo y el hiperrealismo. La transformación y la alteración. Lo absoluto y lo relativo. Lo existente y lo inexistente.

Persiguiendo este camino, aprendió de las cosas dentro de las cosas y de las leyes de la percepción, de la distorsión, de la asimilación y de la eliminación.

De esto y de más aprendió, hasta que el pequeño duende comprendió su primera gran lección, y una de las más tristes: que para ser creador consciente de la ilusión, uno debe estar desilusionado, y solo así puede ser maestro de ella.

De esto el duende se dio cuenta poco a poco y sin saber dónde terminaría la punta del hilo que tejía su propia ilusión, acercándose lentamente a ese día.

Desilusionado del camino de la ilusión, tomó el duendecito como próxima lección el camino de las enseñanzas de los Hechizos. Seguramente, el dominio de las palabras sería más dulce, creyó, haciendo uso de la poca ilusión que aún reservaba.

Palabras dulces aprendió y con ellas sus efectos. También amargas, agrias, dolorosas, feas, lindas y tiernas; palabras que enriquecen y palabras que eliminan; palabras que entorpecen y palabras que animan; palabras con y sin sentido; palabras duales; palabras que evocan; palabras que ocultan; palabras que resucitan; palabras que atraen y palabras que alejan.

Aprendió de tonalidades, formas de hablar, de decir, de orar y de ahorar; formas de dar forma y formas deformadas, rebeldes. Aprendió de sonidos que hablan.

Y en este camino el duende, vacío de ilusión, se dio cuenta por fin también de la naturaleza de los hechizos.

Estos, pues, caen principalmente sobre uno mismo.

Se dio cuenta de que la palabra es un hechizo por sí misma, sea cual sea.

Un sí, un no, un hola y un adiós, un tú, un yo, la palabra Diablo y la palabra Dios. Hechizos lo son todas, y el hechicero, lejos de hechizar a otros o no, debe primero aceptar vivir en un mundo donde su tipo de hechizos viva. Ahora siendo tejedor activo de la ilusión.

Mientras más las use uno, más fuertes son, sin importar a quién sean dirigidas: si a un amigo, a una madre, a un enemigo o a uno mismo. Hechizos, todas lo son.

Por fin, tras el estudio de las palabras, de darse cuenta de que ellas son solo referenciales, paralelismos, y de que su poder es vender conceptos a cambio de experiencias letárgicas y fragmentadas, se dio cuenta también de su estructura y de que la única manera de librarse del más poderoso hechizo, el de uno mismo, debía ser dejar de usarlas. Y el silencio sería el último, el hechizo antihechizos. La nada que lo absorbe todo.

Habiendo dado un paso más hacia la profundidad de la magia, desilusionado y deshechizado, el joven duende dio un paso hacia el camino de los Encantos.

Botánicas, plantas, todo tipo de persuasiones y orientaciones, sugestiones sin lenguaje y trampas seductoras por medio de los deseos de los demás. La influencia sobre la historia personal. El acecho del deseo de ser especial.

El aroma de una flor para atrapar a un lujurioso.

El delicioso sabor de un bocado para el glotón.

Las joyas y los brillos para los ojos de un avaro.

Todo tipo de encantamientos aprendió.

Los efectos de la luz sobre las cosas.

El efecto de las autosugestiones de los demás.

El compromiso de cumplir con los acuerdos de la narrativa.

El contrato de un guion autoimpuesto y divulgado.

Era fácil ya para él ver las ilusiones y los hechizos bajo los que vivían quienes no comprendían la magia.

Manipularlos era cuestión de observar y redirigir, y con esto poco a poco aprendió a manejar los instintos contra los sentimientos, los sentimientos contra la razón y la razón contra el instinto.

Hasta que el duende sintió asco, repulsión.

Asco de lidiar con tantos deseos y encantamientos, de tratar con el tormento y con los enfermos deseos de los demás.

A través de estos vio el reflejo fragmentado de sus propios encantos y de su propio deseo.

Asco y repugnancia sintió al ver un día los suyos propios tan iguales a los de los demás que, por fin, el estómago le enseñó que cualquier deseo es igual a cualquier otro.

Todos son el mismo.

Todos son el deseo de ser especial a través de cualquier medio.

El suyo: la brujería, participación activa sobre el arte de la magia, el saber donde poner o quitar el clavo.

Desilusionado, deshechizado y ahora desencantado, quedó vacío nuevamente, vacío por expulsión.

De todo lo que aprendió concluyó que nada valía la pena.

¿Qué había por hacer si cada paso adelante significaba un paso para atrás?

¿Si cada cosa que aprendía le quitaba algo a cambio?

Vagó sin deseo, sin ilusión y sin encanto alguno.

Solo, silencioso e invisible.

Vagó y vagó hasta que se dio cuenta, tras días, semanas, meses o años, de que todo era nada, pero no porque nada valiera la pena, sino porque todo, como ahora se había dado cuenta, sí era una ilusión, y por ello podía hacer lo que fuera; no sin importancia y consecuencia, pero sí sin preocupación.

Todo es una ilusión y la vida le había restregado esta última en la punta de la nariz.

—¡Todo esto no era real, pero realmente sí lo parecía!

Con fachada fatal y pésima, pero solo porque no fue lo que él creía proyectar en su apantallamiento.

—¡Porque nunca dejó de ser ilusión, y vaya cuánta!

Una fuente interminable.

—¡La mejor y más grande ilusión de todas!

Tras esto pensó:

—¿Pero cómo no me di cuenta?

Y se reveló que, aun sin hablar una palabra, sus pensamientos lo engañaban.

Las palabras no solo salen de la boca, sino que tienen origen mental, el patrón de la manta de la pantalla.

Y la suya lo mantenía hechizado sin saberlo.

Cada idea y pensamiento.

Cada fantasía y sueño.

Guiados por su mente y susurros entre los oídos.

El hechizo nunca terminó, solo se adaptó.

Va de la mano de la ilusión y ahora sabía que podía crear sus propias ilusiones guiadas por sus hechizos, ahora que cuidaría de su mente.

Pero vaya qué encanto de vida que...

Encanto...

El encanto no había cesado.

Lo que parecía ser tan insípido: el aire, la comida, la soledad.

Todo esto también se había transformado.

Mas no finalizado.

El encanto tiene más de un aspecto.

No solo atrapa el deseo, sino también el rechazo, pues este es otro tipo de deseo.

Y ahora aceptaba sus deseos, pero ya no sería víctima de ellos.

El equilibrio, por fin. El triángulo equilátero, base de toda balanza.

Ahora, un mago verdadero, un brujo, pero sin saberlo, supo el secreto más grande.

El único secreto que se necesita en realidad para el arte de la magia:

Los brujos más poderosos no son los que saben hacer magia, sino los que saben encontrarla.

Fin.

Christofer Saldaña